Saturday, May 22, 2010

 

De la fiebre de las discos ochenteras a espectáculos con bandas en vivo:

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22 de mayo de 2010


Animadas fiestas y veladas se podían vivir antaño en las discotecas preferidas por la juventud, como es el caso del Drive In Lo Curro, donde los bailes se prolongaban hasta la madrugada.

Radiografía a los carretes de las últimas cuatro décadas: rock, disco, electrónica y reggaetón

De la fiebre de las discos ochenteras a espectáculos con bandas en vivo:
Un ex Música Libre, una ex reina de belleza y el dueño de un local nocturno recuerdan sus días de fiesta en Santiago y Viña. A fines de los 70, el glamour mezcló las luces de las discotecas con pantalones de raso, tacos aguja, calzas de lycra y lentejuelas.
Fotos: Archivo El Mercurio Publicado el 22/05/2010

JAIME PINOCHET
Es sábado en la década del 70. Cuando el reloj marca las 11 de la mañana, centenares de jóvenes ya transitan por la avenida Providencia en busca de datos para ir una fiesta.

El Coppelia y la galería Drugstore son los dos epicentros de esta actividad. "El sábado era muy esperado. Ese día llegaban más de 700 personas en busca de fiestas para la noche", relata a "El Mercurio" Jorge Romo, ex integrante de Música Libre.

Tras agendar las casas y lugares a visitar, Romo cuenta que la vestimenta era el segundo paso.
"Era muy importante estar bien vestido. La tenida ideal era una camisa bien pegada al cuerpo y pantalones patas de elefante", detalla el ex bailarín.

Si las reuniones en casa fallaban, en el horizonte aparecían los centros nocturnos. Eso sí, había que tener dinero. Se partía en el "Pollo Stop", donde servían un trago y una porción contundente de pollo en el automóvil.


La clásica discoteca Las Brujas, situada en la comuna de La Reina, era otra de las estaciones del carrete juvenil setentero.

Luego, se podía elegir tres lugares: el "Eve", el "Hipopótamo" y el "Órgano" en la comuna de Vitacura. "Ahora, si se quería jolgorio, comida y distintos escenarios para bailar rock and roll y lentos, se debía ir a Las Brujas, en La Reina", señala Jorge Romo.

La bola de espejos
A fines de los 70, el concepto glamour penetró muy fuerte en la sociedad chilena. Pantalones de raso, tacos de aguja, calzas de lycra y petos de lentejuelas se mezclaban con las luces y colores de las discotecas. Comenzaba la era de la onda disco.

Bee Gees, KC, Bonnie M, Donna Summer, The Jacksons y Gloria Gaynor eran los grupos y cantantes que más sonaban en las radios y centros nocturnos de Santiago.

En 1979, la disco Hollywood revolucionó el carrete capitalino, cuyo proyecto denominado "El templo del disco" tuvo una inversión de medio millón de dólares (unos $18 millones de esa época) y buscaba imitar al Studio 54 de Nueva York.

Este lugar -motivado por la película "Fiebre de Sábado por la Noche"- incluía dos túneles de acceso tapizados con 600 ampolletas, un bar de 20 metros de largo y varias caídas de agua. La entrada costaba 250 pesos y daba derecho a un trago, entre ellos, el más pedido: el Manhattan.


El Centro Cultural Amanda, en la actualidad, es uno de los espacios que convocan a los jóvenes que buscan entretención.

"El baile disco es una liberación absoluta. El sustituto de las pastillas para los nervios. Salimos de los problemas y nos relajamos", recitaba el día de la inauguración Carlos Aravena, sobrino de "El Padrino" Aravena, propietario de la disco Hollywood, la boite La Sirena y el teatro Casino Las Vegas.

Ese tiempo marcó un auge de centros nocturnos en la capital. En pleno tiempo del "toque de queda" se abrieron varios locales más, como el Regine's en Isidora Goyenechea, y el Electro Shock en San Diego.

"Todo esto provocó un cambio generacional. Si no bailabas ibas a estos lugares a ver a la gente bailar esos ritmos, porque eran muy entretenidos", recuerda el ex música libre Jorge Romo.

El destape
Los 90 también produjeron cambios en torno a los carretes. Eliminado el toque de queda, los jóvenes comenzaron a salir hasta altas horas de la madrugada y entrar a la casa con el diario comenzó a ser una rutina. Y no sólo el fin de semana.

El barrio Suecia, la plaza Ñuñoa, el barrio Bellavista y los locales del sector oriente, como en el barrio San Damián, se transformaron en los epicentros del carrete nocturno en Santiago.

"La oferta de tragos fue donde se apreció el mayor cambio. Antes la oferta era mínima", señala Jorge Echavarría, dueño de la discoteca Las Urracas.

En esa época comenzaron a entrar muy fuerte también la música y rock latino, cuyas melodías se mezclaban con la pirotecnia de los recursos tecnológicos, además de vestimentas poco glamorosas: jeans, poleras y zapatillas.

"A fines de los 90 entró muy fuerte la música electrónica, provocando que todo el sector se transformara 100%, además de que la oferta nocturna se trasladara a Maipú y La Florida", comenta Echavarría.

Actualmente, la parrilla discotequera da para todo: fiestas para los ochenteros, góticos y reggaetoneros, además de los bailables pachangueros con bandas en vivo y bar abierto.

"El glamour de los 70 y 80 desapareció, ahora se ve a más flaites y pokemones", detalla Fernando Lobos, jefe de marketing de la cadena Mall Plaza.

En Viña del Mar, la previa era en el bowling y el baile en Topsy
Viña del Mar no se queda atrás en carrete juvenil. En esa ciudad, lejana a la "locura" de Santiago, los jóvenes igual se las arreglaban para ir a fiestas en los 70.


La alcaldesa Virginia Reginato en una imagen de los años 70.

"Los mejores lugares eran la Pérgola del Club de Viña, la boite del Hotel Miramar y el local La Rueda si se quería una onda más fiestera. Además, que organizaban campeonatos de bailes en el verano", recuerda la alcaldesa de Viña, Virginia Reginato, quien fue elegida Reina de la Primavera en varias oportunidades durante esos años.

"Las mujeres usábamos mucho las faldas, tipo plato o apretada, siempre nos vestíamos a la moda, porque en ese entonces estaba muy marcada", asegura.

Al igual que en Santiago, los jóvenes se reunían en parques y en plazas para agendar los diversos carretes.

"Era más difícil coordinarse, no existían los teléfonos celulares, el messenger y el Facebook; por lo tanto, siempre usábamos la casa de los amigos como base de operaciones", señala la otrora reina de belleza.

La onda disco se vivió muy intensa en la Ciudad Jardín. Tras realizar la "previa" jugando bowling, los "bailarines" vestidos bajo la era "Tony Manero" se trasladaban a la discoteca Topsy, que estaba en Reñaca, epicentro del carrete viñamarino.

En esos años también se abrieron otros lugares como el Hipopótamo, Anastacia, Sala 14 y el Yo Claudio, donde la entrada costaba 2.500 pesos y tenías derecho a cerveza gratis durante toda la noche.

En los 90, el carrete se destapó al igual que en Santiago. Desde los diferentes lugares para bailar hasta la vestimenta más liviana como los jeans, poleras y zapatillas. El glamour sólo se podía ver en el Casino y Festival de la Canción.

"Lo que más extraño de esos carretes son los malones que hacíamos en las casas de las amigas o amigos los días sábado, donde muchas veces llevábamos nuestros discos 78 que teníamos que cuidar para que no se quebraran", concluye la alcaldesa Reginato.

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